Ética & Consultoría Ambiental

Por: Mireya B. Anzieta Calle & Rodrigo A. Debia Riquelme

Marzo 20, 2020

Suena locura siquiera pensar que sea un paciente quien acuñe su propia prescripción médica mientras está sentado frente a un doctor. Luego de la exploración acuciosa del paciente recostado en una camilla y de la revisión de los resultados cuantitativos de diversos exámenes exploratorios, es el profesional de la salud quien enuncia un diagnóstico, sustentado en los resultados encontrados. Obviamente, con el diagnóstico en mano y con las recomendaciones de los pasos a seguir, el profesional instruye un tratamiento para la dolencia, siempre con miras a una cura, a una solución del problema o a la mejora en la calidad de vida del paciente. Lo anterior parece obvio y así de obvio debiera resultar también para otras áreas del conocimiento, donde se da una relación entre quien adolece una necesidad (empresa) y quien otorga una respuesta (consultor). Pero, ¿qué ocurre cuando en esa relación la empresa hace caso omiso a los diagnósticos y recomendaciones? ¿Qué procede -legal y moralmente- cuando una empresa incita, influye y/o presiona para que los resultados muestren un diagnóstico distinto a la realidad? O peor aún ¿cuáles serán las consecuencias ante la omisión de información relevante, cuando se trata de información “no conveniente” para una determinada coyuntura ambiental, social o económica? No vamos a referirnos en este artículo a cuestiones de probidad en el sentido amplio de lo que ello implica al interior de toda institución: relaciones interpersonales, decisiones comerciales, inversiones, procesos productivos, selección de personal, etc. Sólo vamos a discutir y reflexionar respecto a la falta de probidad en la gestión de conocimiento científico y técnico, como intangibles fundamentales en las decisiones que pasan por el Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental de Chile (SEIA) y posteriormente por los sistemas de seguimiento ambiental de los proyectos aprobados.

Primer cuestionamiento ético: “Ofreciendo el Oro y el Moro”.

Tiempo atrás, al revisar la página web de una de las más connotadas consultoras ambientales de Chile saltó a la vista su sección de noticias, que en realidad vendría siendo una sección de “marketeo”, en la que informan la aprobación, muchas veces en “tiempo récord” de uno o varios proyectos, usualmente en el ámbito de la minería y de la energía; aprobación que se entiende como la obtención de la RCA (Resolución de Calificación Ambiental) en poco tiempo y en forma expedita. Tales noticias asoman como “trofeos”, como la mejor carta de presentación de “hacemos las cosas bien y en poco tiempo”; porque en ese “hacer las cosas bien” el cliente sólo entiende como luz verde que el proyecto prontamente comience su ejecución, se materialice el negocio y genere réditos. Todos los demás aspectos (sociales y ambientales) serán secundarios o se buscará la forma de ajustarlos a la mejor relación costo/efectividad. Muchas veces la oferta de servicios de consultoría ambiental no dice las cosas por su nombre, hay publicidad engañosa y una clara falta a la honestidad.

Segundo cuestionamiento ético: “Somos socios de nuestros clientes”.

Tu cliente es eso: un cliente. ¿Puedes categorizarlo como cliente? Sí. Puede ser tu mejor cliente, tu único cliente, puedes tener un grupo de clientes “premium” y otorgarles regalías y concesiones, o llegar a tener incluso una estrecha relación fundada en la confianza y en el cumplimiento de mutuos acuerdos. Pero ¿socio? No, a menos que tu cliente tenga alguna participación en las ganancias y en las pérdidas de tu consultora; lo cual roza con conflictos de interés.

Tercer cuestionamiento ético: “El papel lo aguanta todo”.

En tiempos de ISOS, OHSAS y otros productos de certificación; pareciera que la credibilidad, la calidad y la seguridad sólo están garantizadas por las insignias que colocas en tu Política de Calidad, para lo cual previamente pagas, luego de riguroso proceso o de un trámite de recopilación de papeles. Hemos evidenciado prácticas deplorables en personas que son parte de consultoras con gran prestigio por su certificación de calidad, prácticas que por supuesto quedan en total silencio y ocultamiento de los inversionistas y de la autoridad ambiental. Una de ellas, hace años, mientras se levantaba información en las cercanías del Parque Oncol (Valdivia), para el eventual emplazamiento de un parque eólico. Caminábamos acompañados de un subgerente (NN), quien mostraba el sector donde se había instalado en forma temporal una torre para medición de variables de interés (velocidad de viento y otras). La torre se situaba donde en el futuro se instalaría una turbina eólica. El estudio incluía por supuesto una caracterización de la fauna del lugar y mientras caminábamos -para sorpresa de todos- descubrimos el cadáver de un ave de gran envergadura que había colisionado contra la torre. Se produjo un breve silencio y NN instruyó “eso no puede mostrarse en el informe”, por supuesto, no se mostró, quedó en el olvido pero la fotografía sobrevivió.

Yendo más atrás en el tiempo, y en otro lustroso rubro -la salmonicultura- percatamos la audacia de trabajadores de un centro de cultivo que ante la llegada de los “visitantes ambientalistas”, ocultaban la evidencia de cómo resolvían el problema “lobos marinos”; mientras se escuchaba por los pasillos al jefe de centro: “a ella no la puedes llevar para allá”. Por supuesto, las empresas antes ejemplificadas contaban con certificación de calidad, con todos sus papeles al día y sobrevivían sin mucho esfuerzo a las auditorias de rigor. Peor aún, sus vitrinas hacen mención del desarrollo sustentable, a diestra y siniestra.

Cuarto Cuestionamiento Ético: “Esa palabra no me gusta, sácala”.

¿Por cuántos filtros pasa la redacción y edición de un documento (Línea de Base, DIA, EIA y otros informes) antes de llegar a la autoridad ambiental? El problema no son los filtros revisores, sino la permanencia e integridad de la información originalmente recabada en terreno versus el producto final que llega a la autoridad ambiental, a los evaluadores y a los tomadores de decisiones. Los filtros debiesen ser instancias para mejorar la documentación respecto a su forma y respecto al análisis y significancia del proyecto para cada componente estudiado. Sin embargo, muchas veces se han transformado en tamices para presentar sólo la información favorable a la consecución del proyecto; ocultándose “síntomas” para llegar a un “diagnóstico” diferente. Son innumerables los casos en donde los datos o las observaciones son astutamente maquillados para mostrar que nada ocurre, que todo está bajo control o que el fenómeno de interés no es tal. Con la secreción nasal y los estornudos me bastan para diagnosticar un resfrío común, mejor me guardo el dolor de tórax y así me evito la radiografía. ¿Haría un médico esto? ¿Me aguanto -como paciente- otros síntomas adicionales? ¿Acaso médico y paciente no buscan lo mismo? Se trata de prevenir, controlar, curar; de indagar síntomas, analizarlos, emitir un diagnóstico y aplicar un tratamiento. Síntomas: disminución de actividad de murciélagos, alta mortalidad por accidentes con turbinas eólicas, alteración de hábitat por presencia de turbinas, otros. Análisis: seguimiento en tiempo, comparaciones, lectura de patrones, otros. Diagnóstico: impacto por presencia y operación de parque eólicos. Tratamiento (entre varios): aplicar un Plan de Restauración Ambiental. La escena: MPR: “Acuérdate que nunca estuvimos de acuerdo con el nombre de restauración ambiental…tú lo llamaste así”. Consultor: ¿Cómo quieren que se llame entonces. Así es como se llama lo que debemos ejecutar dados los antecedentes. MPR: “No sé….no restauración ambiental”. He aquí un ejemplo de “sutil” presión para no llamar las cosas por su nombre. Otro ejemplo de “manipulación” y “alteración” de información, también sutil. AZ de la empresa ASG, cambia -arbitrariamente- parte del contenido del documento entregado por el consultor en “formato editable”. En ese “cambiar” el informe, se sacan palabras, se agregan otras, se cambia el sentido de la información entregada, modificando la redacción. Resultado 1: un informe B, diferente del original A. Resultado 2: importante cuestionamiento del Informe B por parte de la autoridad “Evaluadora”. Resultado 3: AZ deslinda su responsabilidad y la atribuye exclusivamente al consultor externo. Resultado 4: el consultor es tildado como responsable y es excluido del proceso (pierde la pega), ASG por supuesto toma partido sólo por su personal, no por profesionales externos. Resultado 5: queda limpia la imagen de ASG, AZ permanece en ASG (probablemente asciende en el tiempo). Resultado final: no se pone demanda por daños y perjuicios (sale muy largo y costoso para ser asumido por un consultor cesante); el hecho para al olvido (nadie se entera); el proyecto continúa, se reemplaza al consultor por otro que esté dispuesto a editar los informes según lo requieran los fines del cliente.

Quinto Cuestionamiento Ético (ídem al anterior): “Nadie es imprescindible en esta empresa”.

Como fruto de tu actuar, si tu labor o la labor de tu consultora no se ajusta a los intereses del cliente, por más que reúnas los antecedentes técnicos y científicos dentro de un marco lógico; serás reemplazado. Entonces, tendrás sólo dos opciones: obrar dentro de sus cánones, pasando por encima de tu veracidad y honorabilidad; ajustando el producto de tu trabajo a sus modelos de parcialidad (omitir o mentir). En tal caso mantendrás tu status quo y “aquí no ha pasado nada”. O, recurres a tus códigos éticos, a tu dignidad y tu profesionalismo; los mismos que juraste defender cuando recibiste tu título. Los abogados recién graduados juran ante la Constitución de su país, los médicos hacen el “juramento hipocrático” y ¿los demás profesionales qué? En ciencia trabajamos con el Método Científico, no juramos ante él, pero seguimos sus etapas predefinidas, formulando preguntas, recolectando datos y mostrando resultados: sólo “lo que es”, “lo que se observó”. En bioética procedemos con prácticas de respeto por la vida. En ciencias ambientales y en conservación nuestro actuar se centra en acciones y diseño de soluciones para proteger a organismos y ecosistemas “que no pueden protegerse por sí mismos” y para buscar formas de coexistencia entre “desarrollo” y “entorno”. Si como consultor crees ejercer tu profesión con rectitud y honestidad, estás llamado a cuestionar y denunciar las malas prácticas ambientales con las que están siendo aprobados y desarrollados muchos proyectos de inversión en Chile. ¿Malas prácticas? Aquí algunas: 1) no mostrar “lo que es”, “lo que ocurre” (ocultar información); 2) empujar datos para generar tendencias acordes a lo esperado por el cliente (manipular información); 3) obviar situaciones, especies, sitios, etc. que podrían ser relevantes (omitir información); 4) redactar informes diferentes entregando solo el informe “modo autoridad” o “modo público” para mostrar que “todo va bien” o “está bajo control” (ajustar información); 5) cambiar el perfil o estatus de lugar para hacerlo menos importante (mentir); 6) no comprometer ninguna acción que implique “costos adicionales” para el proyecto o que vaya a generar “ruido” (callar); 7) convencer a una comunidad aledaña sobre las “bondades” del proyecto (sin tener certidumbre de aquello u omitiendo los aspectos no tan positivos). Consideramos que es una obligación moral desprenderse de estos y otros malos hábitos laborales en los que el conocimiento y la experiencia podrían estar siendo esclavizados por quien pone la plata. ¿Nos sentaremos a esperar que sean proyectos emblemáticos como Dominga, Pascua Lama, Puelo Sin Represas, etc., los llamados a remecer a la opinión pública? Las cosas pueden y deben hacerse de otra manera: aplicando principios precautorios, usando adecuadamente la tecnología y la ciencia, diciendo la verdad y asumiendo el costo de aquello. No se trata de estar en contra de los proyectos de inversión, sino de incorporar oportunamente las variables ambientales con transparencia, asumiendo económica y técnicamente las eventuales perturbaciones ambientales; para que el proyecto sea viable y pueda coexistir con los elementos del entorno; en aquellos casos en que es posible (no siempre lo es).

Sexto Cuestionamiento Ético: “Lobby ambiental”.

A nadie impresiona que ex-funcionarios de la “institucionalidad ambiental”, quienes ejercieron muchas veces altos cargos directivos en ministerios y/o servicios públicos, actualmente estén al mando de importante empresas consultoras, gozando de usufructos no sólo durante el proceso de evaluación ambiental sino también durante las licitaciones de proyectos, todo gracias al poder de influencia que aún ejercen. Obviamente esto nunca resultará ilegal -por más ilegítimo que sea — mientras no esté claramente regulado y amparado en alguna ley o mientras no existan canales sancionatorios. Por ahora, seguirá siendo cómodamente conveniente para todos quienes estén dentro de esta esfera de privilegios que raya en la inmoralidad.

Pregunta:

¿Se puede ser un Consultor Ambiental apegado a la ética profesional, sin morir en el intento?
La respuesta es otra pregunta ¿porque no? Probablemente no lo serás si en tí o en tu empresa lo primero, lo segundo y lo tercero es la rentabilidad; ganar más al menor costo o ganar más a costa de cualquier cosa (se incluye vender el alma al diablo). No lo serás si te da lo mismo lo que vendes y el fin es sólo ganarte la licitación, no importa cómo. No lo serás si no estás dispuesto a asumir el riesgo de “perder” algo mediocre, a cambio de “ganar” algo significativo desde lo que vale tu honorabilidad. No lo serás si tu premisa es “el cliente siempre tiene la razón”, no, el “el cliente merece lo mejor, merece tu mejor esfuerzo”, aunque eso muchas veces implique apuntar a sus dolencias, decirle las cosas como son y que le duela por un rato. (Un buen médico no oculta el diagnóstico real). No lo serás si sólo ves en tu quehacer, un negocio. La consultoría ambiental va mucho más allá, se conjugan habilidades como la templanza, la capacidad de decir no y sin miedo, la capacidad crítica, la capacidad de reflexión, la capacidad de mantenerse lejos del reduccionismo y de dar una mirada a los procesos globales aplicando acciones locales.

El riesgo ético siempre estará latente en las relaciones empresariales y hay que asumir esta debilidad y hacerle frente con diversas estrategias. Quizá sea un buen punto de partida la declaración de principios éticos en las políticas de calidad en toda empresa o al menos en aquellas que efectivamente hacen negocio sin dejar de obrar en bien. Otra alternativa — similar a las declaraciones de confidencialidad que muchas veces acompañan a los contratos de consultoría — es firmar una declaración de ética procedimental para todo proyecto, en donde de manera similar a una declaración jurada simple, se comprometa el fiel cumplimento a la veracidad y al buen proceder profesional durante el transcurso de un contrato, tanto desde el cliente como desde el consultor (podría incluso exigirse como cláusula de los contratos). De igual forma, el Servicios de Evaluación Ambiental (SEA) es la institución llamada a exigir estrategias como estas, tanto para sus consultores registrados como para los titulares de los proyectos; documentación que debiera ser prerequisito en el ingreso de proyectos al SEIA. Si esto no es solución o no ayuda a prevenir riesgos éticos en la evaluación y seguimiento ambiental, al menos será un instrumento para que la ciudadanía sea quien juzgue y ponga nota a las empresas que estén dispuestas a firmar por su probidad.

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